domingo, 12 de marzo de 2017

Ensayo sobre el miedo.


"No quiero dormir por miedo a no soñar".
(Raúl del Olmo).
"La libertad es no sentir miedo nunca". 
(Nina Simone).


Hoy vamos a hablar de una de las sensaciones más humanas que puedan existir: el miedo.
Pocas cosas nos asaltan de una manera más inevitable que el miedo. El miedo es una sensación universal e instintiva que abarca todo el espectro de fenómenos, tantos los conocidos como los desconocidos. Es peligroso ensimismarnos en su recreación ya que supone algo parecido a una droga capaz de inmovilizarnos con su estático deleite personal. Parece un refugio atractivo muchas veces, y es dañino: resultara como si se estuviera confortablemente allí. Es probable que el miedo sea saber, en el fondo, que las cosas podrían ser de otra forma y quedarnos quietos en vez de hacer algo. El primer escollo que tenemos que salvar es el propio enfrentamiento que surge al confrontar idea y realidad. Cuando la imaginación se convierte en el refugio del miedo, es tiempo de tirarse de cabeza a la realidad.

Generalizando, la mayor victoria a la que podemos someter al miedo es a la de vivir en su máxima expresión sin él. Es posible que no sepamos nada de la vida, pero prometernos a nosotros mismos cuidarla y no asustarnos se me antoja el principio natural para disfrutarla. La vida es demasiado corta como para tenerle miedo. El miedo no se tiene a preguntar, el miedo se tiene a la respuesta. Cualquier miedo exterior se produce muchas veces por el pánico no asumido que da la propia vida que se lleva.

Es sorprendente que muchas personas le tengan tanto miedo a la muerte cuando a lo que deberían tenérselo es a vivir sin que les ocurra nada de nada: es preferible, pienso, el entrañable miedo a que todo salga bien antes que la acartonada paz de que nunca pase nada. Para algunos, la vida se reduce a esperar que les pasen las cosas que no son capaces de buscar ellos mismos por miedo o por pereza. Pocas cosas distinguen más a las personas que la división entre las que le tienen miedo a la vida y las que le tienen miedo a la muerte. Aunque lo más peligroso es despertarnos un día y que nuestro miedo se haya convertido en indiferencia, ese día sí que podemos darnos por muertos.

Se supone que vivir debiera de ser algo así como no tener miedo a equivocarse por el temor que provoca acertar, más aún que equivocarnos en no pocas ocasiones; aunque peor que ambos miedos siempre será el miedo a no hacerlo. Nuestra misión es encontrarnos para buscar de nuevo sin miedo a perdernos: si juegas con miedo, perderás ganando. Mostrar debilidad sin miedo es la mayor fortaleza. Resultamos indescriptiblemente bellos sin el miedo a intentar volver a ser felices o a encontrar sentido a las inmensas cuestiones existenciales; es paradójico como una de las mayores amenazas del miedo es la posibilidad de ser feliz. Madurar emocionalmente la idea de que toda fuente de felicidad es perecedera, que vivir consiste en momentos felices intermitentes y no en ser feliz como ideal absoluto, es la clave para desterrar ese absurdo miedo a la felicidad, cambiándolo por esperanza. Vivir es encontrar el difícil equilibrio entre el ansia infatigable de buscar y el miedo erosionante de encontrar.

Llama la atención el miedo que experimentamos ante la incertidumbre, y una de sus mayores manifestaciones es la temporal. Miedo es sentir que cada vez el tiempo pasa más deprisa y, sin embargo, nos ocurren menos cosas. A veces, también, puede atenazarnos el miedo constante de que lo que está a punto de ocurrir no pase nunca. Su manifestación más evidente es en forma de futuro. El futuro, ante su inexistencia manifiesta, produce temor, y es curioso, a su vez, como el miedo al futuro proviene del pasado y viaja hasta él; una paradoja en sí misma cruel e irónica: tememos lo que pueda ocurrir en base a nuestra experiencia a través de lo que ha ocurrido, este hecho supone la venganza definitiva del pasado ausente: condicionar nuestro futuro a través del miedo que sintamos ante él a través de una determinada serie de pensamientos, motivaciones o conductas. Uno de los miedos a los que conviene superar se trata del miedo de habernos dado cuenta demasiado pronto de que es demasiado tarde. De nuevo, la experiencia a través de nuestras vivencias actúa como freno de mano y el miedo nos embriaga al comparar inevitablemente personas, situaciones, cosas y lugares sin que la mayoría de veces exista un hilo conductor propicio para realizar esas asociaciones mentales tan arteras. El mayor fracaso es tenerle miedo a volver a fracasar.

Obviamente, el miedo también se manifiesta en otra dimensión básica como lo es la del espacio. El miedo es en sí mismo distancia; distancia con respecto a todo y a todos. Aleja, aisla e inmoviliza. Mientras el miedo, la cobardía y la pereza sean mayores que la distancia que nos separa, seguiremos todos solos. Distancia entendida en todas sus percepciones, más allá de la distancia netamente espacial.

Más paradojas caprichosas de nuestro protagonista: nos asusta el miedo de la gente; es el miedo de los otros muchas veces el que nos hace temer y, de esta forma, manifestarse no ya sólo como sensación interna, sino como sensación colectiva castradora de todo posible proceso de cambio que conlleve modificaciones sustanciales con respecto a lo establecido por costumbre y tradición. El miedo, la sumisión y el servilismo son actualmente los principales factores de degradación humana. El miedo, por tanto, se vence en común y desde esa perspectiva social, la ignorancia suele ser su mayor caldo de cultivo y su resultado, la cobardía militante. Y esto genera, a su vez, la terrible venganza del cobarde para redimirse de su miedo a través de la intransigencia, un miedo que suele recaer sobre lo desconocido o lo que no se entiende. Llama la atención lo mal repartido que está el miedo en este mundo, y resulta trágico comprobar lo mal que se lleva la bondad con el miedo, pocos matrimonios más despreciables que el que existe entre éste y la maldad. Que la inteligencia y el conocimiento produzcan miedo y la estupidez ayude a socializar en nuestro día a día es una de las cosas que más llegan a asquear en los tiempos modernos. La ecuación es tan sencilla de plantear como difícil de poner en práctica: el mundo cambiará cuando los que se encargan de crear el miedo lo sientan en sus carnes.

Otra forma de miedo terriblemente humana es el miedo a perder. Y no nos estamos refiriendo únicamente a cosas tangibles, va mucho más allá: nos estamos refiriendo a la abstracción de las emociones y los sentimientos. En este ámbito destaca especialmente el miedo a amar. Ese miedo es uno de los que más se basan también en la experiencia y resulta extraordinariamente añorable la inocencia perdida de amar sin miedo a perder. El miedo a perder no debiera devenir en un miedo aún más atroz, devastador y sordo: el miedo a mantener algo por el mero hecho de hacerlo, por propia inercia. Pocas prácticas cotidianas erosionan más la pasión por la vida.

En el ámbito artístico me llena de satisfacción vencerle al miedo por resultar sencillo. Pocas cosas más complicadas que ser sencillo; ya saben ustedes, todo lo contrario a resultar simple y en el ámbito de las artes parece que existiera un terror manifiesto (recuerden el horror vacui) a huir de la floritura y de la pirueta estilística compleja. Afortunadamente, la experiencia y el conocimiento devienen en apreciar la sencillez como una de las armas definitivas de la belleza artística más honesta. Por otro lado, para aquellos infatigables amantes del conocimiento y de la cultura existe otro miedo muy común y menos expresado y discutido de lo que debiera: el miedo constante de que todo lo que nos guste no nos sepa conquistar.

Y el conocimiento del mundo artístico tendría su correspondiente paralelismo en el conocimiento personal. Particularmente, algunos vivimos en la terrible contradicción entre querer siempre conocer personas nuevas y el terrible miedo a que casi todas nos aburran. Es peligroso el miedo constante a que cualquier persona piense que no es suficiente para nosotros y viceversa, ambos nos condenan a una existencia aislada en la isla desierta de nuestro propio ser. Otros temores notables son el miedo a creer que ninguna presencia llene jamás el hueco de una ausencia o el miedo a que nada nos parezca excitante en el mundo actual. En ambos casos, sólo el tesón y la constancia basada en una ilusión alimentada por la esperanza en nuestra propia especie, unidos a la capacidad por seguir sorprendiéndonos sin renunciar a la curiosidad y a sentir sin reservas, pueden compensar tan amenazadores planteamientos.

Quizás pocas veces reparamos frente a una posibilidad no tan remota como pudiera pensarse y es la que supone otro juego perverso y divertido del lenguaje: hacer valiente al miedo. El auténtico miedo pareciese que fuera el de mostrarse lo suficientemente valiente y fuerte como para mostrar debilidad. Atreverse a sentir miedo es una manera de vencerlo. Sólo a través de experimentar la sensación de miedo conseguimos vencerlo, pero más allá de vencerlo, conviene educarlo, hacerlo nuestro sin huir de él y, en definitiva, aportarle el valor suficiente para que deje de tenérselo a sí mismo. Esa victoria sería similar a la de ilusionar al desaliento en el ámbito motivacional. Aunque, pensemos por un instante...¿no será que todo aquello que no nos da miedo no nos interesa lo suficiente como para merecer la pena?

Ahí les dejo con el interrogante, pero, háganme un favor: no teman.

lunes, 13 de febrero de 2017

Talk to Him. Alice in Chains vs. Soundgarden


De todos aquellos que me leen y por extensión se relacionan conmigo es sabida mi querencia por el grunge, esa extraña etiqueta musical que tantos años después parece haber quedado perdida en el tiempo y el espacio. Ahora sabemos que englobaba a una serie de artistas que, más allá de su espíritu emocional y de su militancia en el desarraigo, poco tenían que ver entre ellos musicalmente en la algunos casos.

Haciendo balance, quizás sean Nirvana y Pearl Jam las bandas que más han quedado consagradas en el imaginario de los fans, sobre todo de las nuevas audiencias. Pero los veteranos, aquellos que estuvimos en esos años germinando nuestra adolescencia y nuestros primeros envites con el desencanto vital, no podremos olvidar nunca la herencia de dos grupos musicales imborrables en nuestro transitar vital: Alice in Chains y Soundgarden. Densos, intensos, ricos, inabarcables, genios...eso y mucho más se desprende de su legado al cual una y otra vez no nos queda otro remedio que recurrir para sanar los sinsabores de la cotidiana enfermedad social moderna.

Por ello, en este mes son los dos primeros invitados a una nueva sección dentro del podcast Talk to Him que lleva por título El Reto. ¿Y qué es El Reto? El reto es una propuesta en la que dos artistas, bandas, discos, movimientos musicales o lo que sea se enfrentan uno contra el otro para dilucidar si existe un ganador - lo de menos en este caso; lo principal es disfrutar la música, obviamente-. La única premisa para que exista este reto es una afinidad de algún tipo que permita y justifique este enfrentamiento.

A lo largo de diversas categorías, iréis escuchando canciones de ambas bandas, todas ellas fascinantes, y el recorrido sólo determinará una victoria clara: la de la música. Os invito a disfrutar de ella.
 

A continuación, os dejaré dos documentos audiovisuales de dos momentos cumbre en las carreras de ambas bandas. En el caso de Alice in Chains, su participación en los imborrables Unplugged que MTV organizaba prolíficamente en la década de los 90 y entre los cuales éste, por su tono descarnado, frágil, emocionante y completamente honesto es de los más impresionantes junto al de Nirvana. Aquí tenéis una demostración con "Would?". A todos aquellos que no lo hayáis disfrutado, os recomiendo sin lugar a dudas su visionado íntegro.



Por parte de Soundgarden, un momento de un concierto mítico: su actuación en el Lollapalooza de 1992 donde actuaron junto a otros grupos de la época en plena efervescencia como el caso de Pearl Jam, Rage Against The Machine o Stone Temple Pilots. Interpretan una de sus primeras canciones indispensables: "Gun". La calidad no es todo lo buena que quisiera, pero el documento merece su publicación.

viernes, 20 de enero de 2017

Taxi a Chapinería. Escrito por Raúl del Olmo.


Sabía que no tenía motivos para hacerlo. Simplemente lo decidió de manera instintiva. En su mente sólo podía rememorar una y otra vez la sensación completa de avinagramiento. De pronto pensó absurdamente si el sustantivo vinagre demandaba ir acompañado por el artículo "el" o "la". Ni idea de por qué pensaba esto, ni idea de nada. Levantó el brazo, parecía un grotesco muñeco de nieve sucio y sin alma. Entró empujado por la inercia inequívoca de quien un día fue feliz -y vaya usted a saber si lo será de nuevo-. "A dónde vamos". "A Chapinería", contestó, "lléveme usted a Chapinería, si hace el favor".

"Me va a disculpar usted, ¿Que le lleve a dónde?".
"A Chapinería, quiero ir a Chapinería".
"¿Cómo que a Chapinería?".
"Sí, le digo que me lleve para allá, que me lleve a Chapinería".
"Disculpe, no puede ser...¿a Chapinería?".
"Demonios, ¿en qué idioma hablo? Que arranque de una vez y nos dirija a Chapinería. CHA-PI-NE-RÍ-A, caballero".
"Chapinería...imposible".
"¿Pero qué dice usted?".
"Supongo y entiendo que sabe lo que ocurre cuando alguien llega a Chapinería..."
"Pues por supuesto que lo sé, pero todo lo demás que encuentre allí me compensará con creces las consecuencias de ir a Chapinería".
"Yo sólo le advertía. Son muchas las personas que después de estar en Chapinería se arrepienten de haber realizado ese viaje".
"Hace años ni se me hubiera pasado por la cabeza la idea de ir a Chapinería, pero esta noche he decidido que me da igual. Ya no hay verdaderamente nada que me impida tomar ese rumbo".
"A lo largo de mi experiencia en el servicio, le aseguro que he llevado a muchísima gente a Chapinería, pero no sé si fruto de la casualidad o no, no ha habido ni un solo pasajero que haya repetido el viaje".
"Quizá se hayan quedado para siempre allí".
"Fíjese que no lo creo...".
"El caso es que yo ya no tengo motivos para dudar acerca de si quiero ir o no a Chapinería. Estoy convencido de que la deriva me lleva en esa dirección".
"Es arriesgado, dese cuenta de que no elige usted aquel recuerdo bonito que olvidará para siempre".
"Bah, como si me importara eso. He llegado a un punto de mi vida en el que no tengo nada bueno que recordar. Figúrese".
"Es algo terrible la consecuencia. Mire: usted llega a Chapinería, hace lo que quiera hacer, está el tiempo que desee, pero después, al regresar, un recuerdo agradable de su pasado se habrá borrado para siempre".
"De verdad que me da igual. Sé que suena exagerado, o increíble directamente, pero es así".
"¿Nada? ¿es posible que no exista una sola cosa que tenga miedo de olvidar?".
"Nada, de veras".
"Seguro que hay algo, hombre. Vaya atrás en el tiempo, al pasado, a la infancia...de niños siempre se nos queda algo en la cabeza que resurge en las tardes de verano que huelen a lugares perdidos en la memoria".
"El perro Curro".
"¿Cómo?"
"Sí, el perro Curro, me acuerdo del perro Curro".
"¿Por qué recuerda a ese perro?".
"No sé, de pequeño era muy tímido y no tenía casi amigos. Me escondía cuando veía gente conocida por la calle. Me tiraba cuerpo a tierra detrás de los coches. Los chicos se reían de mí y los mayores pensaban que era un tarado".
"¿Y qué tiene que ver eso con Curro?".
"Curro era un perro vagabundo. Ni idea de por qué todo el mundo le llamaba Curro si nadie le había puesto ese nombre. Cuando me veía escondido en cualquier parte, se acercaba meneando el rabo y sacando la lengua para que le acariciara. A veces me lamía las lágrimas hasta hacerme casi sonreír".
"Yo pensaba que Curro era sólo un nombre de persona. Mi padre era persianista. Tenía un compañero cubano, él le llamaba Currito Americano".
"¡Vaya, suena realmente absurdo!"
"¡Completamente!".
"Bueno, ahora que lo pienso...me acuerdo también de Aurelio, el hijo de la señora de la droguería. Mi único amigo de la infancia. Su madre le vestía invariablemente con un chándal de tactel. Estaba obsesionado por explicarme a todas horas la teoría de cómo se tenían hijos".
"¿Y cuál era esa teoría?".
"Aurelio me decía que para tener hijos lo que hacía falta era comer mucho cada día. Pero mucho, mucho, sin parar, vamos; eso provocaba el embarazo y luego, al ir al servicio, en vez de salir una cantidad generosa de mierda por nuestro esfínter, saldría un bebé. Eso sí, incidía en que había que tener especial cuidado en recoger al niño antes de que se colara por la taza del váter y se ahogara".
"¡Qué me dice! ¡esa imaginación es prodigiosa!".
"Calle, calle...yo recuerdo...que engordé más de diez kilos comiendo. Estaba tan solo que lo único que quería era tener un hijo comiendo sin parar para poder querer a alguien".

Las risas entre ambos estallaban dentro del vehículo, fuera llovía. Una manta fina de agua difuminaba la luz de una farola y le daba a la escena la apariencia de un cuadro cualquiera, de esos que las abuelas cuelgan tan dignas ellas en la sala de estar de su casa, alejadas de cualquier pudor presunta e intelectualmente artístico.

La conversación continuó fluyendo animada, inverosímil y sorprendente, como las cosas inesperadas que asaltan nuestra rutina diaria de puntillas.

"¿Y dice usted que se llamaba...?"
"Jovita, se llamaba Jovita. Esa niña estaba loca. Se asomaba al balcón de su casa, ¿qué serían?, pues tres o cuatro metros de altura por lo menos, y allí la tenías, con las alas que se había fabricado de cartón, papel charol o vete a saber qué colgadas con dos cuerdas a su espalda; saltaba la barandilla ¡y se tiraba al jardín de abajo un día sí y otro también para intentar aprender a volar! Fue la primera vez que me enamoré. Quizá la única. Por cierto, llevamos horas hablando aquí y todavía no nos hemos presentado. Me llamo Raúl. ¿Cómo se llama usted?".
"Mi nombre es Enrique David de Carlos. Mi padre me enseñó que siempre había que presentarse con nombre y apellido por una mera cuestión de formalidad".
"Bueno, mi apellido da igual, posiblemente ni siquiera pueda recordarlo. ¿Sabe? he decidido que hoy ya no quiero que me lleve a Chapinería".
"Vaya, ¿y se puede saber por qué? parecía usted tan convencido...".
"Sencillamente me he dado cuenta de que hay un momento el cual no querría correr el riesgo de olvidar".
"¿ Y se puede saber cuál es ese momento?".
"El primero en el que he vuelto a ser feliz por un instante desde hace mucho tiempo: éste".